Editorial - El corazón de la Academia

 

Por el Presidente José Gobello

La primera decisión adoptada por la Academia Porteña del Lunfardo, en marzo de 1963, fue la de organizar una biblioteca especializada no sólo para uso de los académicos sino abierta a estudiosos, estudiantes y simples curiosos. Se designó entonces bibliotecario a un académico que, además de serlo, poseía notables conocimientos bibliotecológicos, don Enrique Ricardo Del Valle. Se dispuso también que el 20% de los ingresos por donaciones sin destino determinado se asignara a la adquisición de libros. Tratábase de recursos muy magros. Sin embargo, Del Valle pudo adquirir una importantísima colección de textos lingüísticos editados en España por Gredos, el Corominas grande, la edición fascimilar del Universal Vocabulario de Alfonso de Palencia y los tres tomos de María Moliner, por citar solamente algunas de aquellas adquisiciones inaugurales.

Muchísimas donaciones enriquecieron aquel acervo inicial y, a poco andar, la biblioteca académica extendió su especialización a todo lo referente a la ciudad de Buenos Aires: su habla, su música, su historia, su organización, su cultura. A estas alturas hay reunidos y catalogados 3959 volúmenes y 4540 partituras (datos correspondientes al 30 de junio).

Uno de los serios problemas que se le planteó a la Academia hace un par de años fue el del espacio, que no permitía, por su escasez, desarrollar un corpus bibliográfico digno de la institución. Rompiendo una tradición que es casi un principio de conducta, la Academia solicitó ayuda a la Secretaría de Cultura, cuando esta dependencia estaba confiada al señor Mario O'Donell. El requerimiento fue vano: el Estado carecía de recursos para resolver ese problema. Felizmente al poco tiempo, ahorrando sobre los aportes de los señores Benefactores, Patrocinantes y Protectores, se pudo habilitar un anexo e incorporar una singularísima colección de diccionarios dialectales italianos, jergales, gitanos y de las hablas populares americanas que incluyen piezas muy antiguas y muy raras.

Todo ese caudal está a disposición de los lectores quienes acuden en consulta en una cantidad que promedia los 500 interesados por año. Es estimulante señalar que entre ellos se cuentan habitualmente estudiantes extranjeros procedentes, por lo general, de Europa y de los Estados Unidos. Ellos encuentran en un solo lugar geográfico cuanto se refiere a Buenos Aires y ahorran la búsqueda en lugares de más estricta especialización, como pueden ser Argentores y SADAIC.
Desde hace un tiempo, por iniciativa del académico pro-secretario don Eduardo Rubén Bernal, la biblioteca académica lleva el nombre de su fundador, don Enrique R. del Valle. El señor Del Valle alcanzó a recibir antes de su muerte este homenaje de sus colegas.

De todos los emprendimientos de la Academia, la biblioteca es sin duda, el más importante y el que más feliz nos hace. Por eso decimos que nuestra biblioteca es el corazón de la Academia.