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por el Académico
de Número, don Oscar Conde
Si es verdad que de a poco la letra de tango,
después de décadas de relegamiento
sistemático, se está ganando por
fin un prestigio, no pasa lo mismo con otros géneros
de la canción popular argentina. En especial,
con el rock nacional, que a pesar de haber obtenido
su carta de ciudadanía en 1982 todavía
no es con alguna excepción seriamente considerado
en el terreno académico.
Aun reconociendo las dificultades que presenta
el estudio de un fenómeno que quizá
no haya alcanzado su floruit, no creo que allí
esté la verdadera razón de este
presunto olvido. De hecho, en otros países
el pop y el rock han empezado a tener cabida en
la universidad. En 1995, por ejemplo, la de Mississippi
organizó un congreso dedicado a Elvis Presley
y en 1997 se creó en la Universidad de
Amsterdam una cátedra de Música
Pop, cuyo primer un seminario se dedicó
a estudiar la vida y las canciones de Madonna.
La postergación que sufre el estudio de
nuestro rock habrá que buscarla más
bien en un acendrado vicio argentino: los prejuicios.
Especialmente el padre de todos ellos, aquel que
ve al tango como "música nacional"
y a Spinetta y a García como peligrosos
dealers de la "música foránea".
El tango es, hoy por hoy, la más original
y sólida de las expresiones artísticas
del Río de la Plata. Y sin duda, también
la más prestigiosa. ¿Por qué,
entonces, cuando los clubes y milongas barriales
eran, hasta hace pocos años, patrimonio
de algunos nostálgicos o en el mejor de
los casos el exótico destino de un puñado
de turistas, han reverdecido hasta el punto de
convertirse en cita obligada para cientos de jóvenes
hechizados por el ritual de la danza? ¿Por
qué, cuando en los '70 y los primeros '80
era la peor de las grasadas, el tango ahora es
chic? Sencillamente porque una vez más,
como ya ocurrió en 1913 hoy triunfa en
el mundo. Y, claro está, también
porque la muerte dignifica.
Aunque, en rigor, quizá no sea una muerte
definitiva. Allí están para probarlo
todavía Horacio Salgán, Raúl
Garello, Rodolfo Mederos o Pablo Ziegler. Y entre
los jóvenes, El Arranque, La Chicana, La
Fernández Fierro, Gabriela Torres o el
Bajofondo Tango Club. Se me dirá tal vez
que no fue un deceso, sino apenas un proceso de
hibernación. Que todavía hay grandes
letristas produciendo: Horacio Ferrer, Eladia
Blázquez, Chico Novarro, Cacho Castaña,
Héctor Negro. Preferiría estar equivocado,
pero no debemos llamarnos a engaño. El
tango más allá de estas calificadas
expresiones de comienzos del siglo XXI ha muerto
en tanto género popular. Y odio decirlo,
pero las pruebas están a la vista: ya no
es representativo ni convocante, porque se ha
transformado en un género de élite.
Todavía, es cierto, puede aparecer una
Soledad Pastorutti. Personalmente espero ese milagro.
Pero parece bastante improbable. De hecho, el
tango en Cosquín siempre fue un invitado
"de relleno".
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