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por el Académico
de Número, don Luis Ricardo Furlan
Releyendo las colecciones de Caras y Caretas,
PBT, Papel y Tinta u otra similar, encontramos
los brochazos costumbristas de Fray Mocho o Félix
Lima, los acentos melodiosos de Pedro Miguel Obligado
o Fernán Silva Valdés, las crónicas
nostálgicas de Eduardo Zamacois o Federico
Martens, sin olvidar, asimismo, el punzante dardo
de la actualidad política y social de la
época en la pluma del agudo crítico
que prefirió el oscuro anonimato o la hebra
de luz del seudónimo.
Uno de esos casos fue Julio S. Canata (Azul, 1883-Buenos
Aires, 1913). Después de cursar estudios
en Bahía Blanca y La Plata, se recibió
de abogado en Buenos Aires. Mientras estudiaba
y en parte para solventar sus gastos de estudiante,
comenzó a publicar versos en los semanarios,
colaboración que se extendió hasta
su muerte. Eran poemas, generalmente líricos,
ditirámbicos, frescos, claramente influidos
por el modernismo, junto a composiciones festivas,
populares, con aportes jergales. La vocación
poética fue prematura y a los veinte años
de edad obtuvo el premio mayor de la Academia
Literaria del Plata.
Del "Canto al Progreso" se dijo que
estaba escrito "en forma galana y luminosa;
un hermoso himno lleno de imágenes grandiosas
y atrevidas ideas".
No obstante, los versos más singulares
y trascendentes de Canata habrá que rastrearlos
donde ejercita y confirma tanto la capacidad de
observación como el nivel de análisis.
Alguien dijo que, siendo un poeta delicado y tierno,
prefirió mostrarse más como un versificador
"ágil y gracioso, un satírico
burlesco y frívolo de la vida que pasa".
Canata, creemos, alcanzó a vislumbrar la
proyección de la ciudad a la que el progreso
desplazaba del habitual encuadre solariego y coloquial.
Esos "diálogos" propios de su
tiempo, al que eran asiduos Julio Castellanos
o Juan Manuel Pintos, son auténticas impresiones
de la nueva metrópolis, pinturas de ambientes;
personajes característicos diseccionados
bajo la lente del crítico sensible y solidario.
El pintoresquismo del habla popular, mediante
vocablos, giros y modismos jergales, no morigera,
sin embargo, la connotación social. La
parla cotidiana del estrato más desheredado
está documentada en versos que conjugan
el grafismo de un dibujante con el espíritu
comprensivo de un ser humano excepcional.
Sobresale el talento del poeta en las viñetas
urbanas donde alternan sociedad y política,
común en esa etapa precursora de la poesía
lunfardesca, donde se destacaron, entre otros,
Florencio Iriarte y Ángel Villoldo. Algunas
de esas piezas han sido recopiladas en nuestro
ensayo Julio S. Canata, un poeta olvidado (Academia
Porteña del Lunfardo, 1992, Premio Municipal
Ricardo Rojas).
Bardo por vocación, abogado por decisión
y periodista por apego a la letra creadora y el
olor a tinta de imprenta, fue amigo de Manuel
Láinez y colaboró en El Diario,
El Tiempo, Última Hora y La Razón.
Delgado, el rostro anguloso y recta la nariz,
el bigote alzado a la moda, el cabello levemente
caído sobre la frente, de cuello duro y
corbatín bohemio, extravertido y amical,
rígido en las normas y afirmativa personalidad,
la muerte desgajó al hombre pero no su
poesía.
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