Editorial - Un barril de acaroína

 

Por el Presidente, don José Gobello


Estronzo -término peninsular que, entre otros, rescató Ernesto Sábato-, no es una mala palabra. ¿Pero es que hay malas palabras? Ángel Rosenblat, nuestro gran lingüista, sostenía que sí y tanto lo sostenía que tituló Buenas y malas palabras a uno de sus libros, tal vez el más delicioso. Rodolfo Ragucci, el invalorable autor de El habla de mi tierra, las llamaba enfermas y bárbaras. Malo es lo que se aparta de las normas éticas convencionales, pero también es malo lo que se aparta de las normas estéticas. De estas últimas se aparta estronzo y también se apartan de ellas muchos de los términos antiguos y modernos utilizados en los medios de comunicación, sin duda porque su empleo contribuye a aumentar el rating.

Cada uno es dueño de sus palabras y nada tan inútil como la torpeza de pretender reglamentar el habla de la gente. Cuando nos asombra la abundancia de palabras estéticamente malas que abruman a los medios audiovisuales, no estamos pidiendo represión ni reglamento. Sólo expresamos nuestra profunda pena porque, si es verdad lo que dice la Santa Biblia, que de la abundancia del corazón habla la boca, habrá que inferir que algunos comunicadores mediáticos tienen el corazón lleno de mierda.

Amamos al lenguaje popular, es decir, el que emplean los estratos más modestos de la población. Tanto lo amamos que hemos creado -y sostenido durante más de cuatro décadas-, una institución académica dedicada a estudiarlo y valorizarlo. Creemos también que el lenguaje espontáneo alejado, por su propia naturaleza, de las preocupaciones estéticas, debe tener su lugar en el habla mediática. Si de pintar un ambiente torvo se trata, bien estará utilizar las palabras empleadas en ese ambiente. Pero nadie habla exclusivamente con palabras sucias o sugeridoras de suciedades; nadie salvo los personajes de la T.V. Ni siquiera los creadores de esos personajes. Y aunque uno no haya frecuentado los bajos fondos, advierte que en definitiva ese lenguaje, que pretende reflejar la realidad, es tan artificial como el de Góngora o el de Vargas Vila, aunque por otras razones. Ahora han aparecido algunos diccionarios de diverso pelaje, entre otros uno dedicado a los sinónimos y antónimos. ¿Tendremos que recomendarlos a los craneotecas del COMFER y a quienes tengan la responsabilidad literaria de las emisoras? Es posible. Pero la recomendación debería ir acompañada de un barril de acaroína.