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Por José Gobello
En un rincón de
las sierras cordobesas, en el cementerio de Bialet
Massé, yacen los restos de Marcos Augusto
Morínigo. Él había elegido
el silencio serrano para su definitivo descanso.
Allí llegamos la mañana del 17 de
noviembre de 1991 algunos académicos para
depositar la placa recordatoria que dejamos sobre
su fosa. La expedición fue posible gracias
al académico Etchegaray que puso su automóvil
y su pericia de conductor al servicio de la iniciativa.
Don Marcos había fallecido
el 25 de noviembre de 1987. Tenía entonces
83 años y muchas obras compuestas y muchas
clases dictadas y muchas conferencias aplaudidas
y muchas consultas generosamente escuchadas y
respondidas. Se había incorporado en la
Academia el 4 de septiembre de 1976 para ocupar
el sillón "Antonio Dellepiane".
Al aceptar la invitación de sumarse a la
Academia, prevenía: "Solamente una
aclaración: recuerde que no soy exactamente
un lunfardista, y espero que se me tenga por un
lexicógrafo o en todo caso por un filólogo";
aclaración innecesaria tal vez, porque
en la Academia los lunfardistas éramos
y seguimos siendo minoría. Ni aún
a los del grupo fundador se les exigió
que mostraran algún trabajo sobre el lunfardo.
¿Quién era Morínigo
cuando tuvimos la audacia de incorporarlo a la
Academia y tuvo él la humildad necesaria
para no rechazar nuestra invitación?. Tomás
de Lara lo recordaba como su compañero
en las aulas de la Facultad de Filosofía
y Letras. Allí el uno y el otro conocieron
a promisorios estudiantes que fueron luego Raimundo
Lida y su hermana María Rosa. En 1936 la
Asociación Argentina del Progreso de las
Ciencias lo había becado para estudiar
en la Sorbona lingüística general
y filología española con Vendryes
y Fouché. ¡Yo he pensado -decía
Lara- que Morínigo no hubiese hecho mal
papel si hubiera vivido en la península
en aquel prodigioso momento intelectual de los
teólogos de Trento, de los grandes humanistas,
de los sabios erasmistas y hasta de los iluministas,
es decir, ortodoxos y heterodoxos de los siglos
XVI y XVII porque era como uno de ellos".
Morínigo llevó
su saber a las universidades de los Estados Unidos,
la del sur, Florida y Berckeley, enseñó
en la universidad de Caracas, fue profesor y decano
de nuestra Facultad de Filosofía y Letras.
De regreso al país en forma definitiva,
jubilado ya tras su curso en la Universidad de
Illinois, compilado su Diccionario de Americanismos,
se radicó definitivamente en ésta
su patria de adopción y por propia iniciativa
se acercó a nuestra Academia. La anécdota
es que participaba yo de una mesa redonda, creo
que en el Sindicato de Luz y Fuerza. Eso era en
1976. Al término del acto se me acercó
y se me presentó. Mi asombro es imaginable:
¿Pero usted es el Morínigo del Diccionario
de Americanismos? -le dije-. El mismo. Y así
comenzó una amistad que tuvo comprometedoras
oportunidades de manifestarse cuando, recién
incorporado, debió ser espectador -y lo
fue tolerante y comprensivo- de las disputas que
derivaron en el pequeño cisma de 1976.
Al término de una de aquellas sesiones
le dije: ¿Qué pensará usted
de nosotros, Dr. Morínigo? Y me contestó
sonriendo: "No se preocupe; estoy acostumbrado
a estas cosas, no olvide que fui decano de Filosofía
y Letras". Luego presidió nuestra
institución durante dos períodos
y preparó con entusiasmo y dedicación
de principiante su discurso de recepción
titulado Indagaciones sobre el lunfardo y la lunfardía.
Tal vez algún día aparecerá
el mecenas o el esponsor que haga posible la publicación
en volumen de aquel trabajo formidable, junto
a los que en circunstancias análogas pronunciaron
los académicos Arturo Berenguer Carisomo
y Francisco P. Laplaza. Cuando su ceguera ya no
tuvo atenuantes ni remedio pasó a Académico
Emérito, sin alejarse por eso de nosotros.
Durante aquellos dos años
que prestigiaron a la institución y conciliaron
contradicciones, siendo presidente de la Academia
Argentina de Letras don Bernardo Canal Feijóo,
fue propuesto para miembro numerario de aquella
institución oficial. La designación
no resultó posible -y Canal Feijóo
lamentó muchísimo que no lo fuera-
porque algunos académicos, entre ellos
Enrique Anderson Imbert y Juan Carlos Ghiano,
se opusieron, arguyendo incompatibilidades entre
una y otra Academia. Canal le propuso entonces
renunciar a la Academia Porteña del Lunfardo
para poder incorporarse a la otra, pero Morínigo
prefirió quedarse donde estaba, donde se
sentía admirado y querido y donde ninguna
diferencia intestina tenía que ver ni con
la discriminación ni con el interés
pecuniario. Poco más tarde, como una reparación
inesperada la Real Academia Española le
hacía llegar su diploma de Académico
Correspondiente. Solo un argentino podía
ostentar entonces ese título: Ana María
Barrenechea.
Morínigo fue el guaranista
por antonomasia pero más allá de
ello fue, como él mismo se llamó,
un filólogo. Su obra, muy vasta, incluye
dos estupendas ediciones comentadas: la del Quijote
cervantino y la de La Araucana, de Alonso de Ercilla.
Entre 1928 y 1975 publicó más de
medio centenar de artículos y reseñas
y entre 1948 y 1970 inspiró y dirigió
una veintena de tesis doctorales de sus alumnos
argentinos y norteamericanos.
En 1971 se editó en Madrid,
compilado por la Universidad de Illinois, un volumen
con Estudios de literatura Española ofrecidos
a Marcos A. Morínigo. Allí se mencionan
los cuatro volúmenes y los 46 artículos
y reseñas publicados por el ilustre filólogo
a partir de Hispanismos en el guaraní (1931).
En el prólogo recuerda Marcel Bataillón:
"Hace algo más de 30 años que
empecé a apreciar las calidades de investigador
y el temple humano de Morínigo. Era en
París; hablaban de él con profunda
estimación tanto Paul Rivet como Pierre
Fouche. Con él nos reuníamos Viñas
y yo y otros amigos (uno de ellos el querido Ángel
Rosenblat) ante unas cervezas de La Source, en
el boulevard Saint Michel, donde se prolongaban
las charlas del seminario de Fouche".
Efraín U. Bischoff, académico
correspondiente en Córdoba, que visita
el cementerio serrano de Bialet Massé ha
registrado: "Reposa en aquel lugar uno de
los hombres más talentosos de las últimas
décadas argentinas, y, por qué no
decirlo, americanas. Un puñado de amigos
habían despedido sin una flor y sin una
palabra sus restos mortales en Buenos Aires para
ser trasladados a ese lugar de nuestras serranía.
Una brevísima noticia periodística
en el diario La Nación y nada más.
Ese silencio doloroso y hondo lo sigue acompañando".
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