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Por el
Académico de Número don Marcelo
Héctor Oliveri
Beto
es un porteño sesentón que vive
en Barracas desde que nació. En cualquier
momento le llega la jubileta y tendrá que
dejar de manejar el bondi de la línea 70.
Él todavía añora el corte
de boletos. No se adaptó a la máquina
expendedora.
Sabe que la calle está
dura y siempre les da una mano a los buscas que
suben al bondi en busca de algún manguito
que les servirá para parar la olla del
puchero. Es así como entre vendedores de
curitas (por si se hace puré el colectivo),
o entre buscavidas que venden peines (por si algún
desprevenido pasajero pierde la guerra de la ventanilla),
Beto ve pasar la vida en ese mundo de veinte asientos.
El colectivo de Beto es muy
particular. Está decorado con la foto de
Gardel, el chupete que ante una frenada se le
prende una luz, la foto del equipo de sus amores:
Boquita y una calco de Maradona. Esa es la decoración
interior, que se completa con un balde y un trapo
de piso debajo del primer asiento y un plumero
en el fondo, que más de una vez se lo afanaron.
La decoración exterior se completa con
un filete firmado por Luisito Zorz, gran fileteador
porteño.
Quienes suben al bondi saben
que con Beto además de la buena onda se
aseguran escuchar buenos tanguitos. Desde su compactera
es posible escuchar a Gardel, Canaro, Castillo
y Pugliese.
Beto está en el debe
de la vida y como cualquier argentino que labura
desde pibe conoce lo que es estar en el tacho.
Para el porteño medio el tacho también
es el taxi. Vehículo que seguramente cuando
se jubile manejará Beto para no esperar
la carroza.
Esta estampa porteña
que vivimos los argentinos a diario se completa
con los pasajeros que forman parte de la jungla
de cemento. Allí viajan los pibes que lo
único que saben decir es boludo, boluda,
chabón y birra; los mayores que con sus
caras legañosas y avinagradas le buscan
pelea al laburante, las embarazadas que a veces
viajan de dorapa porque el quía que va
en el primer asiento se hace que apoliya.
El bondi además de todas
estas cosas es como una caja de Pandora. Nunca
sabemos cómo puede terminar el viaje. También
están los que se quejan porque viajan peor
que el ganado y los que contestan: la próxima
súbase a un tacho que va a viajar mejor.
Otros, viendo este circo criollo
andante recuerdan que a pesar de todo, la birome,
el dulce de leche y el bondi son inventos argentinos.
Nuestro perspicaz conductor
a esta altura del viaje espía por el espejito
retrovisor cómo un porteño devenido
en Isidoro Cañones (post-corralito) le
quiere hacer el cuento del tío a una jovata
que intenta bajar. Beto a esta altura huele que
el bondi es como la biblia y el calefón.
Allí están los pibes, los laburantes,
las putas, los trolos, los trava, los chorros,
los atorrantes, los puros e impuros.
En definitiva en esa lata de
sardinas que algunos llaman cafetera; otros, bondi
y otros, colectivo, nos encontramos todos los
días.
Una dama patricia que intenta
hacerse paso entre el pasillo con cara de asco,
contempla a los pasajeros y empuja. Ella no pide
permiso, pero cree que es la única educada.
Un adolescente, en compañía
de otros chaboncitos que están pasando
por la edad del pavo, contemplan el panorama del
mediodía y comentan que el bondi es un
pequeño bicho que recoge individuos.
Un tío setentón que está
de dorapa campaneando todo y ya no tiene ni para
la carmela recién ahora sabe lo que es
estar en el tacho.
Mientras tanto en esta Buenos
Aires del piquete y del no te metás, Beto
espera reencontrarse con la patrona. Esa patrona
que conoció el otro bondi. Ese bondi que
no estaba contaminado con el gasoil y no conocía
el smog.
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